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La otra cara de la moneda

agosto 10, 2011

El anterior post que apareció por aquí creo que dejó un regusto un poco amargo.

A pesar de todo lo que conté, es mi obligación deciros que procuro encontrar siempre un punto de optimismo, y en ocasiones emplear una buena dosis de mi particular e irónico humor negro (parecerá tontería, pero quita mucho dramatismo a las cosas)

Teniendo en cuenta que normalmente hacemos equilibrios sobre el canto de un duro (en la actualidad nos estamos globalizando y los hacemos sobre el canto de un euro), he decidido ponerme mi armadura de combate (más que nada por si pierdo pie y me caigo) y ofreceros desde mi privilegiada atalaya la otra cara de la moneda.

Tengo la suerte de estar en una posición que me permite ver ambas caras. Si me inclino un poco a diestra o a siniestra, me las encuentro de frente.

 Si ya os hablé de la cruz, en esta ocasión os mostraré la cara.

Lo mejor de esta singular vida que llevamos.

El mayor tesoro que nos ha proporcionado: EL TIEMPO. En mayúsculas y números romanos.

Tenemos mucho, a veces demasiado (ay! esas tardes de invierno, soledad campestre, oscuridad de bosque y pijama a las siete). Nunca hay prisas. Estiramos el tiempo sin que se quiebre. Por aquí el tiempo no pasa, se insinúa tan solo, y a base de no verlo, lo sientes infinito, invisible y envolvente, como el aire, y aunque lo uses a tu antojo, siempre queda más…

Así que disfrutamos de un LUJO muy poco común. Y lo aprovechamos para saborear pequeñas situaciones cotidianas que muchos nunca se echarán a la boca.

Como ya hice una suficiente exhibición de vísceras y miserias propias, en esta ocasión os contaré una historia (perdón por el atrevimiento…)

Inventada de principio a fin. Ni somos nosotros ni es nuestra vida. Pero podría serla. Perfectamente.

En realidad, podría ser la de cualquiera…

 

LA SONRISA DEL CRUASÁN

El niño colocaba sus cosas en la cartera. El día era radiante. Desde que su madre no estaba era la primera vez que los rayos del sol lo habían despertado deslizándose por su cara, y sin saber porqué, intuyó que iba a ser un gran día.

Oyó el despertador en la habitación de al lado. Pensó que había sido una buena idea levantarse tan temprano. Normalmente se despertaba con el beso que su cuidadoso padre le daba en la mejilla. Pero un día tan luminoso como aquel, bien merecía empezar antes.

Eso fue lo que lo animó a poner especial cuidado con el contenido de su vieja cartera. La misma que lo había avergonzado el primer día que pisó su nuevo colegio.

El padre trabajaba desde hacía algunos meses en una gran sede corporativa. Por sus manos pasaban importantes documentos, entraba en todos los despachos y también era esencial en todas las reuniones.

O eso le contaba algunas tardes mientras reían y hablaban de sus cosas.

Y no le mentía. Era ordenanza. Un perfecto hombre multiusos.

Con un carrito distribuía los paquetes y envíos urgentes que se recibían a diario, y además de sus múltiples quehaceres se ocupaba de preparar los desayunos para las importantes reuniones que tenían lugar casi todas las mañanas. Los convirtió en desayunos dignos del Hotel Ritz. El café expreso, por supuesto. Las anoréxicas por fin dispusieron de seis variedades de té. Y los bollos, los compraba en la tahona del barrio. De SU barrio. Doce paradas de metro y dos transbordos con las bolsas de bollos colgadas del brazo. Pero merecía la pena. Los de la máquina no sabían igual.

Unos meses fueron suficientes para hacerse imprescindible. Su eficacia y buena disposición para colaborar fueron las que le brindaron lo que ellos llamaron “una gran oportunidad”. Le ofrecieron una plaza para su hijo en un gran colegio, de los que se adornan con un nombre en inglés. El mismo al que iban los hijos de los socios de la empresa. Una subvención inesperada permitía favorecer a los hijos de tres empleados “de los de abajo”, le dijeron. Y uno de los escogidos era él.

Desde que su madre no estaba fue la primera vez que tuvo que enfrentarse a una situación difícil sin llevarla agarrada de la mano. Apretando.

Entró solo por la puerta el día que empezaron las clases. Y lo que vio lo sorprendió. No había gritos, nadie saltaba o gesticulaba. Parecen pacíficos, pensó.

 

Formaban grupitos. Se observaban unos a otros, se calibraban y medían sus posibilidades en base a su aspecto.

Lo descubrió de la peor forma posible, cuando tosió y muchas de esas miradas se deslizaron a lo largo de su persona. Unas miradas que empezaron en su cabeza para acabar en sus pies y en su vieja cartera, justo al lado de sus viejas zapatillas, esas que son tan cómodas.

Y esa vieja cartera, junto con todo lo demás, fueron las que hicieron creer a los mirones que posibilidades, más bien pocas…

Pensó en lo blandita que era su cartera cuando metió sin esfuerzo un largo calcetín con sus canicas en el interior. Su padre había intentado disuadirlo de ello con una bolsita muy cursi con un Mickey delante que le compró para guardarlas. Pero en el calcetín era donde mejor estaban. Y allí se quedaron.

Le gustaba jugar con las bolas en el recreo. Los días de sol en especial.

Hacían reflejos y se imaginaba que le guiñaban los ojos. Y hoy hacía sol. Mucho sol.

 

A veces se unían a él otros dos niños. Eran “Los tres de la beca”, así los llamaban. Lo que no sabían es que “Los tres de la beca” también les habían puesto nombre a ellos: “Los tontos del Tuenti”. Tal era su obsesión por retransmitir su vida con aparatitos-apéndice que los entretenían la media hora que duraba el descanso. No jugaban a nada. Retransmitían.

Antes de salir de casa, el padre metió dentro de la cartera el almuerzo del niño. Lo dejaba desayunando, bajaba a toda prisa a la tahona de la calle de atrás y recogía los cruasanes que llevaría al trabajo.

De entre todos ellos escogía con mucho cuidado uno solo. Lo envolvía junto con unas onzas de chocolate y lo colocaba en su sitio. Al lado del estuche, en la parte de arriba, para que no se espachurrase.

 

Cuando entró en el colegio, vio alineadas las maquinas de bollos que tanto lo fascinaron al principio.

Sonrió y recordó lo insistente que tuvo que ser en su casa hasta que consiguió poder almorzar algo de lo que esos artilugios escupían si les metías una moneda dentro. Los demás lo hacían. Era el único que pasaba la vergüenza de abrir un paquetito de papel de aluminio en los recreos. Bueno, él y los otros dos de la beca.

El día que ¡por fin! su reluciente moneda sonó al caer por la ranura, se sintió feliz. Al día siguiente ya no estaba tan feliz cuando el segundo bollo que le escupió la máquina le supo al celofán que lo envolvía. No hubo un tercer bollo. Volvió encantado al papel de aluminio y se acabó la vergüenza. Pensó que era muy, muy listo.

 

La mañana discurrió con normalidad, y a la hora del recreo cogió su calcetín y su almuerzo y salió al sol. Seguía brillando intensamente. De tal manera, que cuando las bolas de cristal rodaron por el suelo, le lanzaron tantos reflejos y guiños que le hicieron reír.

Sus risas atrajeron el interés de ELLA, que curiosa, dejó de teclear y se acercó para preguntarle: ¿de qué te ríes?

El niño deseó contestarle: ríe conmigo, pero se limitó a decirle: de nada…

Eso fue todo. Pero fue suficiente. ELLA le había hablado. Había sido una buena idea guardar su calcetín de canicas en la cartera.

Desde que su madre no estaba, lo llevaba más a menudo. No tenía que oír cómo le decía: “Mete las canicas en esa bolsa tan mona que te regaló tu padre. Ese calcetín está asqueroso…”

Había aprendido a organizar él solo la cartera. Con lo imprescindible. Sin los porsiacasos de su madre. Como cuando encontró el protector solar aquel día que llovió tanto… “porsiacaso te quemas”. Lo que buscaba era un chubasquero “porsiacaso llueve…”

Antes de que sonara el timbre decidió comerse el almuerzo. Siempre lo dejaba para el final, y no por falta de hambre. Prefería resolver primero la urgencia de correr y jugar, y una vez calmado ese hambre, abrir su paquetito de aluminio. Pausadamente. Disfrutaba con la expectación de no saber lo que había dentro. Cuando lo abrió, se relamió al ver el cruasán. Le encantaban los cruasanes. En especial los que tenían las patitas curvadas hacia dentro formando una perfecta “C”. Imaginaba que sonreían. Y eso le gustaba.

Los cruasanes que le ponía su padre siempre eran perfectos. Una “C” que parecía trazada a compás. Era como si el cruasán y él se sonrieran recíprocamente al mirarse.

ELLA volvió a levantar la vista de su teclado. Miró a su alrededor. Casi todos hacían lo mismo. Teclear. El nuevo no. Sonreía, y lo extraño era que sonreía mientras miraba fijamente el contenido de su almuerzo. Volvió a sentir curiosidad, de manera que abandonó el muro en el que se apoyaba y se acercó otra vez.

¿Qué tienes ahí? , preguntó.

El niño, esta vez acertó, y sonriendo aún, le contestó: ¿Quieres?.

Sin dejar de sonreír, arrancó una de las patitas de su cruasán y se la tendió.

La arrancó sin piedad, decidido, la ocasión lo merecía…

ELLA se la comió, y antes de marcharse, le sonrió. Y él, el cielo tocó.

 

 

Cuando llegó la hora de irse a casa, recogió las cosas que estaban sobre el pupitre. Guardó cuidadosamente el calcetín de las canicas y se dispuso a salir. Al mirar por la ventana vio el maremágnum de la calle.

Siempre se formaba el mismo lío. Coches en doble fila. Grandes. Oscuros. Conductor y uniforme. También había corrillos de lo que al principio pensó que eran enfermeras. Hasta que le explicaron que eran Nannys (curioso, pensó, también sus niñeras llevaban el nombre en inglés…)

Con sus uniformes tenían el inconfundible aire de hospital que recordaba de cuando había estado allí, aquella vez que se rompió un brazo bajando a toda pastilla con la bici “la-cuesta-que-cuesta”.

Más curioso le pareció aún que las supuestas inglesas se llamaran Carmen, Paca o Desideria. Y que hubieran nacido en Venezuela o en Panamá. “Pues si que son de muchos sitios los ingleses…”

Lo que más le chocó fue saber que muchas de ellas no podían cuidar a sus hijos ya que se ocupaban de los hijos de otros. Eso si que le pareció raro.

Al cruzar la verja y salir a la calle, miró en todas direcciones y la vio. Relucía entre el gentío. Parecía que el sol había salido ese día para iluminarla a ella. Entonces ella lo miró, y bajo tanta luz hubo un destello y su madre le guiñó un ojo. Y pensó en lo mucho que le gustaban sus canicas.

Desde que trabajaba en la tahona de la calle de atrás, la madre no estaba cuando el niño se levantaba.

Salía de casa de madrugada, y los cruasanes a los que daba forma le robaban los besos que siempre lo habían despertado.

Lo que no sabía el niño es que los besos robados le eran devueltos.

Todas las madrugadas, de entre los cientos de cruasanes que preparaba, la madre escogía uno.

Le dedicaba toda su atención, y mientras lo amasaba con mimo, imaginaba que concentraba en su interior todos los besos perdidos.

Aprendió a dotarlos de una perfecta curva, y reservó esa perfección solo para el cruasán del niño.  

Desde que no estaba, la madre sentía que habían perdido demasiados besos.

Desde que no estaba, la madre se sentía culpable.

Por eso, había desarrollado la necesidad de disfrutar de todos y cada uno de sus momentos con él.

Por eso, cuando lo miraba las sonrisas se derramaban por su cara y se acomodaban en sus ojos.

Cuando el niño la veía sonreír de esa forma, sin saber porqué, se acordaba de la sonrisa del cruasán.

Y los besos perdidos volvían a él.

El niño y la madre avanzaron por la acera, bajo el sol, hasta perderse de vista.

De la mano. Apretando.

 

ELLA vio el guiño desde el asiento de atrás del gran coche.

ELLA los vio marcharse de la mano, los siguió con la mirada hasta que desaparecieron.

Miró el celofán que envolvía la merienda que le acababa de escupir la máquina, y mientras masticaba su insípido sustento recordó la sonrisa de aquel otro cruasán. También recordó su dulce sabor. Y al recordarlo, sonrió.

Y en ese preciso instante, decidió que ÉL tenía más posibilidades de las que imaginaban.

Muchas más.

 

Que cada cual saque sus propias conclusiones.

Yo, mientras saco la mía, me consolaré sabiendo que “Quien ríe el último, ríe mejor”.

 

10 comentarios leave one →
  1. agosto 10, 2011 11:52 am

    Bieno, bueno, bueno, pero que emoción, que bonito, que maravilla. Se me saltan las lágrimas. Oooooooooolé!!!

  2. agosto 10, 2011 1:39 pm

    Me gusta todo lo que escribes………..a mí tambien me dejastes un regusto amargo la vez anterior…….me gustó la historia……cuán importantes somos las madres…….saludos.

  3. rosana permalink
    agosto 10, 2011 2:09 pm

    Esa es mi LdJE!!!!…Toooooodo corazón!!!. Viva Feisbú!!!!!

  4. agosto 10, 2011 2:32 pm

    Es precioso! besitos

  5. Virginia Desan permalink
    agosto 10, 2011 5:16 pm

    Ma belle amie, une histoire très émouvante , tu est vraiment chouette, ravissante, charmante. Un gros bisou !!!

  6. agosto 11, 2011 10:24 pm

    ¡Ponte a escribir ahora mismo ese libro!

    • agosto 12, 2011 7:42 am

      Desde luego!!! es lo que había pensado! tienes que empezar!

  7. agosto 17, 2011 6:25 pm

    Me ha encantado!! Una historia o cuento fantástico. He llorado y todo al final…y es que me emociona que haya gente que aún me sorprenda y tú eres una de ellas 😉

  8. Marta Q. permalink
    agosto 21, 2011 10:32 pm

    Bonito cuento. Enhorabuena.

  9. Mama permalink
    agosto 22, 2011 8:49 pm

    Nos ha encantado a tu hermano y a tu madre, eres un cielo.
    Te queremos.

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